Las ves pasar como quien cuenta las ciudades desde el vagón de cola. Cierro los ojos. Repiqueteo de traviesas formando con educación. Hace mucho que los asientos no huelen a polvorín y tabaco. Afuera el mundo es gris, y este cascarón se mece entre olas de radio que perdimos en los 90, soñando con coches que volaban y qué parte del mundo nos íbamos a comer primero. Pero eso fue antes de que se cayesen todas la caretas y se callasen todas las caras.
El tren ya no avanza besando el salitre como hace años. Malas noticias para náufragos y suicidas. Se terminó la era de los soñadores despiertos, así que mejor apaga la luz, que no quiero volver a vernos convertidos en adultos.
Contienen la lluvia como un estornudo que no llega, y tú deseas, y tú necesitas, un estadillo de lagrimones que acribillen el cristal de emergencia, para hacerte nada con todo, con las goteras escoltando los labios, el vidrio cristalizando en el corazón y una urgencia por mirada:
- Save me, railroad cowgirl.
miércoles, 30 de enero de 2019
jueves, 24 de enero de 2019
Una mentira
Se imaginaba los puntos finales como los zapatos de las frases, y le encantaba escribir descalza. Ponía siempre mantequilla a los dos lados de la tostada, y nunca, jamás, usaba paraguas. Mentía sobre su edad, pero lo hacía añadiendo años, porque tenía cara de niña y la gente no la tomaba demasiado en serio. No sé si seguirá haciéndolo. Hace mucho que le perdí la pista.
Le gustaba cuidar sus plantas y verlas crecer, porque creía que las cosas que merecen la pena llevan su tiempo. A veces bailaba cuando nadie la veía, a veces también lloraba, e incluso a veces, haciendo las dos cosas a la vez, las lágrimas dibujaban espirales perfectas hasta la alfombra. Dormía siempre en el lado izquierdo de la cama y su favorita era la luna menguante, aunque nunca me explicó por qué.
La última vez que la vi fue alejándose en un retrovisor, aunque era yo el que conducía y en realidad no estaba más cerca de lo que el espejo mostraba, sino al revés. En ese momento el mundo me pareció una mentira tan grande que el coche lloraba por mí, me iba exactamente de donde quería estar y hubiese jurado que, en la distancia, abrió un paraguas.
Le gustaba cuidar sus plantas y verlas crecer, porque creía que las cosas que merecen la pena llevan su tiempo. A veces bailaba cuando nadie la veía, a veces también lloraba, e incluso a veces, haciendo las dos cosas a la vez, las lágrimas dibujaban espirales perfectas hasta la alfombra. Dormía siempre en el lado izquierdo de la cama y su favorita era la luna menguante, aunque nunca me explicó por qué.
La última vez que la vi fue alejándose en un retrovisor, aunque era yo el que conducía y en realidad no estaba más cerca de lo que el espejo mostraba, sino al revés. En ese momento el mundo me pareció una mentira tan grande que el coche lloraba por mí, me iba exactamente de donde quería estar y hubiese jurado que, en la distancia, abrió un paraguas.
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