jueves, 24 de enero de 2019

Una mentira

Se imaginaba los puntos finales como los zapatos de las frases, y le encantaba escribir descalza. Ponía siempre mantequilla a los dos lados de la tostada, y nunca, jamás, usaba paraguas. Mentía sobre su edad, pero lo hacía añadiendo años, porque tenía cara de niña y la gente no la tomaba demasiado en serio. No sé si seguirá haciéndolo. Hace mucho que le perdí la pista.

Le gustaba cuidar sus plantas y verlas crecer, porque creía que las cosas que merecen la pena llevan su tiempo. A veces bailaba cuando nadie la veía, a veces también lloraba, e incluso a veces, haciendo las dos cosas a la vez, las lágrimas dibujaban espirales perfectas hasta la alfombra. Dormía siempre en el lado izquierdo de la cama y su favorita era la luna menguante, aunque nunca me explicó por qué.

La última vez que la vi fue alejándose en un retrovisor, aunque era yo el que conducía y en realidad no estaba más cerca de lo que el espejo mostraba, sino al revés. En ese momento el mundo me pareció una mentira tan grande que el coche lloraba por mí, me iba exactamente de donde quería estar y hubiese jurado que, en la distancia, abrió un paraguas.

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